Las estrellas no saben que tienen nombre.

Aristóteles dijo que el sol giraba en torno a la tierra y esta era el centro del universo. Copérnico dijo que esto era absurdo y era la tierra la que giraba alrededor del sol. Einstein demostró que los dos tenían razón. Y por su lado el Sol, llevaba desde eones, haciendo sus ‘movidas’ celestes sin preocuparle lo más mínimo lo que los últimos cuatro mil años llevamos opinando de él los humanos.

El universo, o siendo ontológicamente más estrictos: la realidad, no es ni pragmática ni relativista. Estas dos últimas realidades nacen de cómo somos los seres humanos. Y sobre el relativismo y pragmatismo en nuestra manera de conocer se han escrito océanos de tinta. Platón ya discutía en el Teeteto contra los sofistas sobre que todo no podía ser verdad, y aunque hayan pasado cuatro milenios la discusión sigue siendo actual.

Pero a mí me gustaría centrarme en nuestra forma de comunicar lo que sabemos. En el relativismo puramente lingüístico si se me permite acuñar el concepto. Desarrollaré un ejemplo. Mi madre y mis amigos de la infancia me llaman ‘Fer’, mis amigos de la universidad ‘Luisfer’. Respondo ante los dos siendo una misma persona, pero ninguno limita mi yo. Siguiendo con esto, otras veces me han llamado ‘tú’, ‘aquel’, ‘idiota’ o ‘Lf’. Da igual como me llame los demás, yo seguiré siendo yo.

En geometría existe un término que es llamado ‘asíntota’ que viene a nombrar una línea infinita a la que una función se acerca cada vez más, pero nunca llega a tocarla. En el ejemplo anterior yo sería esa asíntota, y cada una de las formar en las que me llama la gente funciones que, con mayor o menor acierto, se acercan.

Que pasa si esto se eleva a la filosofía, si en vez de algo tan irrelevante como los modos, más o menos cariñosos, de interpelar a alguien se plantea como llamar a realidades como vida, espíritu, ente, belleza… Genera duda, vaguedad. A mi parecer es algo casi milagroso que la filosofía haya sido capaz de avanzar cuatro mil años sin que haya habido una filosofía del lenguaje, sin que nos hayamos preguntado la adecuación entre la realidad y como la nombramos.

Creo que la filosofía de lenguaje es una dosis de humildad. Es darnos cuenta de que las estrellas no saben que tienen nombre, ellas simplemente brillan.

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