Novecientos metros

ACTO I

La habitación de un hotel de luz tenue.

(Dos hombres de traje con aires cansados y despreocupados. Las americanas descansan en las sillas que rodean una mesa. Uno de ellos con la corbata suelta y los puños remangados está de pie frente a un minibar con un vaso ancho. El otro, sentado en un sillón se enciende una cerilla dispuesto a fumar.)

 

Hombre 1.º. — ¿Quieres una última copa antes de que me marche a mi habitación?

Hombre 2.º. — No. ¿Crees que ha merecido la pena venir a la entrega de premios? Ya sabes, pese a saber de ante mano que no ibas a ganar.

Hombre 1.º. — Sé perder. Su novela era buena y la mía, digamos que no es lo mejor que he escrito. Además, el haber perdido y que quiera seguir escribiendo es algo.

Hombre 2.º. — Que quieres mejorar y ganar, es lógico.

Hombre 1.º. — En parte si, como es natural en todo lo que hacemos… pero ha confirmado algo que me gustaba creer cuando empecé a escribir.

Hombre 2.º. — ¿El qué?

Hombre 1.º. — ¿Desde cuándo eres tan impaciente? Cuando empecé a escribir me gustaba pensar que lo hacía por mí, porque disfrutaba de ello. Luego vino lo de publicar, lo de gustar, lo de ganar lectores, ser nominado…

Hombre 2.º. — ¿Y hoy lo has recordado? ¿Sin más? En plan: “A mí me gusta escribir”.

Hombre 1.º. — Si, bueno dicho así suena una gilipollez. He recordado novecientos metros.

Hombre 2.º. — ¿Novecientos metros?

Hombre 1.º. — Si, los novecientos metros que separaban mi casa del lugar donde quede con la chica a la que daría mi primer beso.

Hombre 2.º. — Vale, ¿Y eso en que tiene que ver con la noche de hoy?

Hombre 1.º. — No sé si sería capaz de explicarlo. Cuando han dicho el nombre de la chica que ha ganado no me ha enfadado, ni me he sentido dolido, ni ha habido algo de envidia. Y por eso me he preguntado: “Si no escribo para que digan mi nombre en la entrega de un premio, si no me importa no ganar, ¿Por qué cojones escribo?” Y la respuesta han sido esos novecientos metros.

Hombre 2.º. — O sea, escribes por tu primer amor. Bueno es algo típico de quinceañeros, pero si no lo dices en público puede que…

Hombre 1.º. — No, no escribo por ella. Escribo por lo que sentí al ir a verla.

Hombre 2.º. — Como es habitual, no tengo ni idea de que quieres decir. Al menos cuéntame que paso.

Hombre 1.º. — ¿El beso?

Hombre 2.º. — Sí. El beso, como era ella, que la dijiste y los putos novecientos metros…

Hombre 1.º. — Tendríamos unos quince años. Era rubia, guapa y el color de sus ojos… no lo recuerdo. Era de la clase de A, yo era de la de B. Así que solo la veía en el recreo y cuando salimos los fines de semana. Ella sabía que me gustaba, bueno ella y todo el colegio. Pero hablábamos mucho por internet, si en la red social está de la cara girada… ¿Cómo se llamaba?

Hombre 2.º. — ¿Facebook?

Hombre 1.º. — No.

Hombre 2.º. — Bueno, la que fuese.

Hombre 1.º. — Si, da igual. Las semanas anteriores al beso fueron un constante y empalagoso juego de quien decía menos e insinuaba más. El día antes, que era un viernes, me pidió delante de todos mis amigos que la acompañara a casa y la dije que no.

Hombre 2.º. — Bien, con dos cojones.

Hombre 1.º. — Sí, además dije que a mis amigos que era para hacerme el duro. Me bloqueé. Fue una especie de claustrofobia a la realidad. Verme a mí con ella paseando bajo la noche hasta su casa para terminar alargando la despedida hasta que de forma casi obligada la diera un beso; o bueno, también estaba la opción en la que, ella harta de mi incompetencia, me mandaba a la mierda o me besaba. Pero no te puedes imaginar la cara de gilipollas que se me quedo cuando la vi irse. ¿Tienes fuego? Creo que he perdido el mechero.

Hombre 2.º. — Toma. Me puedo hacer una idea.

Hombre 1.º. — Entre esa noche y la mañana siguiente, a base de “mea culpa” y jugando bien mis cartas conseguí una segunda oportunidad. Pero claro, esta vez tenía un par de circunstancias en mi contra. Primero había quemado todas mis naves: quedaba solo con ella, sin amigos en los que refugiarme y sin ninguna otra escusa que estar los dos, solos. Y segundo, que, si la volvía a liar, no habría una tercera oportunidad; o peor, si la hubiera, ella iría con un cartel en el cual se leería con letras grandes algo como: “Bésame puto inútil”.

Para mí yo de quince años esto era un maldito drama.

Hombre 2.º. — Hubiese pagado por verte delante de ese cartel.

Hombre 1.º. — No hubiera sido mala historia. En fin. Me preparo y salgo de casa. Y empiezo andar los novecientos metros que me separaban de la plaza donde habíamos quedado. Mi mente empieza a discutir acaloradamente que decir, como pedirla perdón, como besarla… y vuelve esa sensación de miedo a la realidad del día anterior.

Veía como llegaba, la saludaba, empezábamos a andar, nos sentábamos en cualquier banco, las conversaciones perdían cualquier tipo de sentido, nuestras miradas alternaban entre nuestros ojos y labios…

No era en si el plan, si no la angustiosa sensación de no poder variarlo. Intente tranquilizarme pensado que nadie conocido nos vería, que dos adolescentes besándose era lo más normal, que esto les pasa a todos, que solo era miedo a quedar con la chica que me gustaba, que era pánico a meter la pata…

Pero no era verdad, era una ansiedad por dejarme llevar por la realidad. Así que cogí aire y pensé: “Vale rescribamos lo que va a pasar a continuación”.

Busque cinco palabras que no formaran una pregunta, que implicaran una carta de presentación, una declaración de intención, y pidieran perdón por el día de ayer. Ideé un plan sin silencios incomodos y sin demasiados pasos a seguir por miedo a no poder realizarlos.

Quince metros. La veo. La ciudad es mi escenario. Toda la gente es público y actriz secundaria. ¡Esta es mi historia! ¡QUE TE JODAN REALIDAD!

Me paro enfrente y mirándola a los ojos la digo: “Creo que te debo algo” y la beso.

 

(silencio)

 

Hombre 2.º. — Y… ¿Ya está? Sigo sin ver la relación con lo de hoy, si solo fue un beso.

Hombre 1.º. — No te he dicho que haya recordado mi primer beso, si no, los novecientos metros que lo precedieron. Esa noche, al mirar el techo de mi habitación mientras me dormía estaba desbordado por sentimientos; el beso, como iba a contar a mis amigos mi épica hazaña, tenía novia… Pero sobre todo recordaba la sensación de euforia y poder de esos novecientos metros. De cómo había descartado todas las opciones que la realidad me había propuesto para elegir las mías, como había hecho mi historia real. Claro que no escribo por ese maldito beso, escribo por vivir una y otra vez la sensación de crear historias, como ese día. Escribo porque la realidad, tal como es, me resulta claustrofóbica. Escribo, porque al crear historias, es lo más cerca que voy a estar de ser Dios.

En definitiva, escribo únicamente por mí. Mientras eso no cambie, me importara una mierda no ganar un concurso o que me lea poca gente. Y siendo así, al menos, siempre habrá una persona a la que le guste todo lo que escribo.

 

FIN

 

 

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