Concierto en susurro de Re menor

Dirigir una orquesta es algo especialmente maravilloso, en parte porque tu éxito depende del éxito de otras personas.

Como todo, tiene una preparación. La ropa suele ser de gala pero, como en toda manifestación artística, se procura la desnudez sin caer en el exhibicionismo. La posición del director representa la línea donde se alza inquebrantable la cuarta pared, es él quien dicta donde acaba el mundo y empieza su orquesta, alegando que simplemente es un observador privilegiado y que lo único importante es ella. Y con un nudo en la garganta, y las manos temblorosas finge no tener miedo, no puede tenerlo, es el que recibe la mirada intranquila de su orquesta, él que con un leve movimiento de mano susurra que todo saldrá bien. Ante esto, ella destensa los brazos, cierra los ojos y toma aire sabiendo que lo va a necesitar.

Todo se sume en un silencio expectante, y con suavidad la mano del director traza en cuatro caricias al aire los preliminares bajo la ruborizada mirada de la orquesta. Se empieza a dibujar la obra, algunas con rapidez y firmeza como los truenos al desatarse la tormenta, otras con timidez y orgullo como el roce de las ramas de los arboles antes de un vendaval. Y pese a ser él que dirige, se ve mecido por las melodías que rompen ante él, como olas de un obediente mar.

Es cuando la experiencia y un renacido orgullo recuerda al director que su misión es asegurarse de que todo está al servicio de la belleza, y buscando una brizna de aire se sumerge en el huracán. Siente el dialogo de los violines como una profunda respiración, constante pero acelerada por momentos; una respiración que es consciente, que llegado el momento, ella, tendrá que quedarse sin aire por orden del director. Nota la orgullosa constancia de las violas cuando se erizan porque el director ha centrado sus manos en ellas. Percibe el roce de los arcos sobre los contrabajos y bajos que luchan contra y con la lejana percusión, que como un corazón desbocado, ansia salirse del pecho pero él lo tranquiliza con un diligente gesto con la mirada, diciéndole que aún no ha llegado su momento. Los instrumentos de viento, libres, gritan palabras inconexas cuando la respiración se entrecorta. Quedando solo el piano con su certero saber que pieza tocar y que nunca mira al director, pero el director si lo mira a él de reojo, sabiendo que de su independencia nace su necesidad y belleza.

El director cede una mirada de complicidad y una media sonrisa a su orquesta, pero ella está muy ocupada. Todo encaja y fluye hacia un necesario y merecido final. La percusión desatada gana poder, los violines gritan para recuperar su protagonismo, las violas y bajos envuelven sin piedad la habitación. Los instrumentos viento solo descansan para volver con más fuerza. La máxima belleza florece ante la armoniosa totalidad de la orquesta que alcanza el cenit para, poco a poco, fundirse en un silencio.

Un silencio que dura segundos en los que la mirada exhausta y de satisfacción de la orquesta se posa en los ojos del director, que siendo consciente de lo que acaba de presenciar no es mérito suyo mira al suelo con vergüenza. Luego suele venir el beso, bueno o el aplauso del público si lo hay. Aun que es totalmente innecesario para el director, a él le basta ver como brilla ella, la orquesta.

Nunca he dirigido ninguna orquesta, pero no creo que diste mucho del orgasmo de una mujer.

 

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