Perder por dignidad

Todo fue según el plan, y el mío era perder con dignidad, lo que pasa es que estaba tan preocupado en mí que no vi lo que estaba ocurriendo en la partida.

Solo juego al póker si voy a ganar, y como ganar me aburre nunca juego al póker. Pero hay un licor que me vuelve loco que es la melancolía: amarga y fría. Así que asegure a mi ego que no serviría de precedente; me senté en la mesa con la seguridad que da apostar sabiendo el resultado y la soberbia de culpar al azar de mi derrota. ¿Por qué me puse a jugar si sabía que iba a perder? Supongo que, por miedo, por poder lamerme las heridas con autocompasión al pensar de forma prepotente y machista que había perdido yo contra él, en vez de reconocer la verdad: que le prefería a él. A quien pretendo engañar, lo hice porque la amaba y hubiera jugado una última vez con(tra) ella, aunque supiera el resultado.

Juguemos con una metáfora con el único fin explicar la partida, ya que esta carece de total importancia. Imaginemos que los tres jugadores de póker son representados por un chico que quiere salir con ella, ella y yo. Así que por dar dramatismo a una estúpida partida de cartas lo veremos como una historia de amor.

Mis dos ases en mano no son suerte. El de tréboles es una amistad, valido porque es un as, pero inútil sin ninguno más. Digamos que el otro era la capacidad de hacerla reír. Ahora visto con perspectiva no es tan mala mano. Pero son solo dos ases. En la mesa había dos sotas y un diez, y en la cara de él una puta sonrisa de gilipollas. ¿Qué tenía en su mano? Pues seguro que otras dos sotas. La de diamantes, todos los planes que cancelaba conmigo para ir con él, y la de picas, ya que ella misma me había dicho que le gustaba.

Subimos la apuesta para ver una carta más: él por qué sabía que iba a ganar, ella por curiosidad y yo para matar mariposas a cañonazos.

Otro as. Aposté el doble, y como era de esperar ellos igualaron la cifra.

Una tarde calurosa de marzo fue ese as de picas. Un plan absurdo. Tomar unas cervezas y tomar un helado en un columpio. Y diréis ¿La partida te importa tanto y no montas un plan mejor? Pues sí. Quería dejarla claro que lo deseaba era quedar con ella y que entendiese que, por ella, podía renunciar a lo que más me gusta en este mundo: tener un plan.

Rece por el último as. Y alegue a Dios que lo necesitaba tanto como lo quería. Salió el as de corazones como última carta.

Con una media sonrisa y dando gracias a Dios por hacer ganar al que solo merece susurre “all-in” mientras empezaba a llover.

Y como era de esperar, mientras volvíamos a casa, la pedí bailar bajo la lluvia.

Él se levantó de la mesa lanzando las cartas con enfadado y ella mientras me concedía el baile me pregunto “¿Vas en serio?” a la vez que empujaba con una nítida sonrisa todas sus fichas al centro de la mesa.

Y fue en ese justo momento cuando volví a mirar a las cartas, había estado ciego. Las cartas llevaban encima de la mesa toda la partida. Tu soberbia forma de vestirte aquel día representaba el diez de corazones. La sota del mismo palo sonría al sostener en sus manos toda aquella tarde, me habías cedido la impresión de dirigir aquel día, pero solo fue eso, la impresión.

En tu mano brillaban con prepotencia las dos cartas y las mías temblaban en tu cintura. La reina de corazones con tus labios rojos y tus ojos claros; y el rey de corazones fiel réplica del cuanto de Alicia, que no solo perdí la partida si no la cabeza.

Es verdad que fui yo quien te besó, ese beso, ese as de corazones. Y tus labios fueron míos, pero para que los quieres si acabas de ganar la partida con una escalera real.

Si, perdí la puta partida pero no me importo porque la ganó ella. Quise culparte de algo… pero ¿De qué? ¿De hacer trampas mejor que yo?

 

 

 

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