Confianza I

La confianza es un arte, no consiste en tener todas las respuestas, sino en estar abierto a todas las preguntas.

Tengo tiritas en los dedos anular e índice, me he quemado demasiadas veces por no tirar al suelo el puro a tiempo. Acaricio las zonas doloridas mientras doy un paseo por las columnas.

Hay una pared llena de recipientes de cristal, es grande y cada persona que he conocido tiene una con su nombre grabado en ella. Las botellas están vacías, semillenas y rebosantes. El líquido que las contiene es frío, azul eléctrico y brilla con las antorchas que iluminan la zona. No es estático, se mueve despacio. Es francamente bello, a mi entender, ese liquido es de las cosas más valiosas de todo el ateneo.

Cuando conozco una persona, pero en ese momento en el que alguno de los dos nos interesamos por el otro, nace ese recipiente. Siempre se llenan gota a gota, con esfuerzo. Pero se vacían con una facilidad abismal, siempre se pierde el líquido más rápido que se llenan, y cada vez que se vacían se llenan más despacio y nunca se llega al nivel anterior. Hay veces que no se vuelven a llenar y otras que se llenan de un liquido verde, tóxico e igual de bello.

Las botellas se suelen llenar rápido, tal vez demasiado rápido. He pasado mucho tiempo analizando el porque se llenan a esa velocidad. comprendí que era la ofrenda que la gente hacía cuando entraba en el ateneo. Hace ya tiempo que decidí abrir el ateneo para que quisiera entrará, viera, fotografiara o diera de martillazos alguna columna. Lo hice con miedo, no estaba orgulloso de todas mis columnas, ni podía encerrar siempre que quisiera a mis demonios. No solía limpiar el polvo. A diferencia de lo que pensaba; la gente, solo tomaba ideas, se apoyaba en columnas. Dejaba notas, daba besos a ciertas piedras, acariciaba las grietas y prendía flores de ellas. Y sobre todo pagaban ese precio de entrar en el ateneo, pagar la confianza con confianza.

Es extraño, nunca busqué esa pared. Esa colección llena de botellas centelleantes, y ahora la tengo delante de mí. No es ego, es honor.

Mierda me he vuelto a quemar.

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