Otra vez tú

 

Con el lema de no tener hobbies ni aficiones vivió la juventud pegada a vicios y pasiones. Y nunca necesito demasiado para sentirse amada salvo, tal vez, alguna caricia de más y de vez en cuando una mirada prendida del vuelo de su falda. Y siendo austera en todo derrochaba primavera en las pestañas y unas ganas de comerse el mundo que acompañaba con chocolate negro de madrugada. Y entre sabanas soñaba que no dormía, pues en eso tenía un récord. Récord de pintarse los labios con sorbos de café mientras buscaba un pintalabios rojo a juego de sus ojeras. Y aunque nunca fue guapa, nadie le negaría una última copa en su casa, pero siempre prefirió un abrazo y un beso en la frente, a tener que compartir café en una cocina que conociese. Se prometía cada domingo que cambiaria, que dejaría de regalar sus lágrimas a cada poeta que la vistiese de versos y cerrara bares con ella cantando Pereza. Pero siempre se enamoraba, y como una chiquilla de 15 años, se ponía su mejor sonrisa con algún vestido para dejarse querer por gilipollas con mitones que recitando a Neruda le prometía la luna, siempre que fuera ella la que se la pedía. Y junto a su luna, bajara otras diez; todas ellas con nombre mujer. Y termino por odiar a todo aquel que hiciera rimas, que tomara el café solo y fumara. Desconfió de cada hombre que fuera romántico y le quisiera regalar las estrellas a cambio de estudiar sus lunares. Dejo de ser sus musas.

Pero paso el tiempo, y volvió él que la enfermo de chiquilla. La que sembró de mariposas su estómago y de versos sus oídos, el que ya era vicio solo por su sonrisa. Y se enamoró una vez más de lo mismo. De los versos, del insomnio y de la voz rota de una poeta más. Del sonido de los hielos en un vaso ancho y de las locuras que dibujaba con el dedo en su espalda. Y él en vez de vestir de prosa su magullado corazón, lo desnudo con caricias en cada una de sus cicatrices. Y le recordó que los mitones son para no perder el tacto aunque haga frio, que los amaneceres son para cazarlos y el dormir es la recompensa al fracaso. Volvió a enseñarla a enamorarse del olor del café, de la lluvia sin paraguas,  del tabaco negro y del alcohol solo.

Vio en él un chico vestido de hombre con miedos y casado con demasiados vicios. Fumaba demasiado pero disfrutaba de cada calada, bebía por norma pero nunca estaba ebrio y tomaba café, café de verdad.  Y ella quiso volver a ser su musa, ser la inspiración. Ser la que diera calor y ternura a cada una de sus descripciones y versos. Quien brindara de pasión cada coma y cada punto de su prosa de cada día.

Y él no la dejó. Él la recodó que ella no tenía que ser la musa de nadie, porque ella, ya era poesía.

Firmado ella. (Eme)

 

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