De los amores de verano, la gente amarilla y las sonrisas tontas esperando el autobús.

    Hoy decreto el fin del verano, no por fechas, ni estaciones, ni temperaturas bajas; si no porque hoy me he levantado sabiendo que mis amores de verano se han acabado, curado u olvidado. El té con hielos, andar descalzo sobre la hierba, pedir jarras con limón y ver amaneceres como norma, se han terminó. Ya no estarán los mojitos de las terrazas ni la soberbia atracción de planes alocados. Pero septiembre es necesario para todos, para los quinceañeros enamoradizos, para la gente normal y para los gilipollas como yo.
 
    Pero lo bueno de los amores de verano es, que aunque sean efímeros y sin mucha lógica, dejan siempre buen sabor de boca, promesas utópicas y sonrisas tontas esperando autobuses.
 
   Y una de esas promesas es enterrar la vergüenza. Pero no por soberbia, ni por popularidad o mera modificación personal; si no como única forma de ser jóvenes de verdad. No es necesaria, no es buena. “La prudencia es virtud de ancianos”, nadie dijo que el ser joven estuviera condenado a la sensatez. Busquemos ese Carpe Diem de El club de los poetas muertos cuando se suben a los pupitres, arrancan hojas y recitan sus versos más íntimos; pero sin acabar con un disparo en la sien cundo todo salga mal; porque la muerte, lejos de ayudar, solo impide que las cosas puedan mejorar. Pero que sea un Carpe Diem de obligación, de responsabilidad de jóvenes, que saben que son los encargados de vivir, amar, pensar o creer apasionadamente. Hannah Arendt dijo: “Todos tenemos la obligación de aportar toda nuestra originalidad, creatividad y genialidad al mundo, si no estaremos traicionado a la Historia.”
 
    Lo que me sacara la sonrisa de vez en cuando será la gente amarilla, y lejos de volverme loco, Albert Espinosa escribió sobre un conjunto de personas que son llamadas con el estridente color. Se dice que son escasas, y que se caracterizan por su amabilidad pero en el sentido más puro de la palabra, siendo ama- de amor y -bilidad de capacidad para ello; lo que es lo mismo, capacidad para dejarse amar. Gente que aunque aparezca con la relación bien definida les queda pequeña, siempre están en esa línea que les otorga un cierto atractivo, el ser padre o amigo; hermana o amiga; novio o amigo. Son gente que derrocha confianza, que con una sonrisa o una pequeña conversación te puedan cambiar la tarde, el día o la vida. Son esos que son capaces de ver el sol en una mancha amarilla del suelo y la perfección en un café en el que la espuma ha dibujado un corazón.
 
    Y de los mejores sabores de boca que he tenido es la improvisación. Pero con criterio y explotándola. El vivir al día, a la hora; pero sin olvidar que vendrá otra hora y luego otro día. Esa bella improvisación de tener 21 años y ya no ser un novato en la vida. Que la vida ya te ha hecho callo y la experiencia se paga cara después de tantos pájaros en la cabeza, tantas mariposas en el estómago; el tener insomnio por la noche y demasiados sueños que cumplir por el día. Digamos que el improvisar siendo veinteañero es como tocar jazz, es una espontánea improvisación sobre una base ya fijada, regulada y necesaria. Es tener claro que no sabes que vas hacer y tener la certeza que lo vas a hacer bien.
 
 

 

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