Adiós, supongo.

   Es extraño todo me es familiar, todo es como antes, pienso mientras veo el techo de tu habitación. Me levanto y te cedo toda la cama, cosa que llevas reclamando media noche, nunca fue fácil dormir contigo en una cama individual. Busco en tu armario un pantalón blanco de deporte y una vieja sudadera que están allí desde hace años. Huele al suavizante con el que tu madre lava ropa, me ducho en la habitación de al lado a tu cuarto, procuro no hacer ruido, aunque sé que nadie se va a despertar, he hecho esto muchas mañanas. Bajo a la cocina a hacer café, siempre tu madre agradecía este detalle de encontrase café hecho al levantarse, aunque en el fondo lo hacia porque a mí me apetecía tomarlo.

   Mientras espero a que el café salga disfruto del olor a tostado que produce la cafetera. Tengo la intención de leer Twitter pero recuerdo que tengo el teléfono en el bolsillo de la americana que descansa en alguna esquina de tu alborotado dormitorio, desecho la idea de subir a por él. En cambio, me entretengo con el perro, es extraño siempre me tuvo cariño desde el primer día, lo único es que le noto sorprendido de mi presencia, como si no quisiera volverme a coger cariño por si vuelvo a desaparecer. Tomo un taza de café del armario que tiene un cristal en la puerta, sirvo un café largo al que no hecho ni azúcar ni leche, no porque no sepa dónde están si no porque me gustan las cosas amargas.

   Con la taza en la mano voy hasta el salón, el sol empieza a dejarse ver a través de alguna cortina. Veo el piano, nunca lo he sabido tocar hasta ahora, y pienso que puede ser buen momento para tocar las dos únicas canciones que sé. Toco suave y puede que con un ritmo mucho más lento que el propio de la canción, cuando estoy terminado la primera oigo pasos, sé que es su madre. Una mujer alegre y que de joven debió ser extremadamente guapa, sé que solo puede ser ella porque es la única que, como yo, no lleva bien levantarse tarde. Me ve y sonríe, siempre me tuvo demasiado cariño, me levanto del banco y la abrazo. Le digo con una sonrisa que hay café hecho, como hacia siempre que dormía en esta casa. Es extraño, después de dos años no se sorprende que vuelva a estar allí, le menciono que esto no va a volver a ser habitual. Concierta tristeza y realidad se marcha a la cocina sin decir su opinión. Lo agradezco. Sigo tocando mi pequeño repertorio volviendo a la primera canción desde el principio. No tarda en bajar ella, con su pelo alborotado, con sus ojos claros, con su cara de no saber en que siglo estamos, descalza y con esa sudadera que sirve como vestido aun que sea un poco insinuante. Me ve, sonríe, me abraza cruzando sus brazos alrededor de mi cuello y apoyando la cara sobre mi aun mojado pelo, sabe que esto no va a ser lo normal, que no tiene mucho sentido que este yo allí.

   Me susurra que no toco mal, aunque sé que es una mentira, me giro en el taburete y la agarro de la cintura, cintura que he sujetado miles de veces y nunca llegue a cansarme, cintura que al agarrarla le ruboriza y tranquiliza al mismo tiempo, no se aparta, no hablamos, ambos sabemos que es una despedida, que es la puerta que no nos atrevimos a cerrar, que quisimos dejar abierta pero sabemos que nunca más volveremos a cruzar. Me pongo de pie, no recordaba que fuera tan bajita, la beso en la frente ala vez que la digo;“Hay café recién hecho, borde”. Siempre se lo llamaba, no es porque lo fuera siempre o no fuera algo tolerable pero puede que sea una de las cosas que más me gustaban de ella, y como es obvio más echaré de menos. Sonríe y me devuelve un bufido mientras se marcha a la cocina, no puedo evitar mirarla el culo, la sudadera no hace demasiado por evitarlo.

   Vuelve con una taza de café y un moño en el pelo. No hablamos de nada serio, pero estamos sonriendo. Es doloroso. Lamento el hecho de que su padre no este en casa, siempre fui ese chico al que nunca le negó la tutela de su hija y que sabía que la dejaba en buenas manos. Decido irme, es tarde ya, me visto mientras ella sujeta la taza de café con amabas manos bebe sorbos sentada en la cama sin decir nada, pero ambos sabemos que no volveré a dormir en esa cama, que no volverá a tenerme cuando se levante. Bajamos, me despido de su madre y le pido con una sonrisa que de recuerdos a toda la familia de mi parte. Se marcha sabe que tiene que dejarnos a solas, ya lo hacia a menudo, nunca nos importo besarnos delate de sus padres; pero sabían que preferíamos no hacerlo. Me paro en la puerta, me giro coloco mi mano en su cuello de tal forma que puedo acariciar su mejilla con mi dedo. La otra abraza su cadera, me besa, la beso, nos besamos. No hay pasión, ni rencor, ni amistad, ni tristeza. Al apartar sus labios de los míos, me susurra: “adiós, supongo”. La respuesta es obvia pero no tan fácil de pronunciar, la respondo que adiós dándome el último placer de bañarme en sus ojos verdes, es muy difícil despedirse de alguien al que quieres, pero aun más si fue tu primer amor.


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