“…pero me veo capaz de sumar una pelota más a mi particular juego de malabares.”
Esa es la última frase de un correo que acabo de enviar a un profesor. Podría decir que estoy en un buen momento, que estoy embriagado de poder y me siento capaz de todo; pero es algo mucho más complejo.
Desde hace años mi enemiga es la inercia. Recuerdo las palabras de un amigo profesor una noche de julio a las orillas de un pantano perdido en Huesca el verano previo a empezar mis estudios en Salamanca: “Tienes que aterrizar con suavidad, corres el peligro de ser una bomba nuclear y arrasar con todo a tu alrededor”. La inercia que llevaba era aterradora, la cantidad de proyectos, ambiciones y planes que guardaba en el bolsillo de la americana eran demasiados. Pero el problema no era el número, sino la inercia. Cuatro años antes, cuando de físicas pasé a filosofía, la persona que siempre fue un padre para mí, me advirtió con otras palabras de lo mismo. Y como era de esperar, cuando empecé físicas, lo hice por y con demasiada inercia.
Llevo seis meses de profesor y nunca he cogido tanta inercia como ahora, pero es distinto. Padezco una enorme nostalgia que me frena. No, el término correcto es melancolía. No tengo sensación de velocidad, no temo descarrilar. Y eso me preocupaba, pero no siempre la inercia fue mi enemiga.
Cuando vuelvo la vista atrás, mi época de bachillerato la recuerdo con un brillo único e irrepetible. Siempre he pensado que, dado que no dejaba de ser un crío, la inercia no era para tanto; pero ahora creo que me dejé la melancolía en el pupitre de clase el último día. Paradójicamente, me he topado con ella al abrir el primer cajón de mi mesa de profesor.
El sabio Homero describe la melancolía como una enfermedad enviada por los dioses con el fin de castigar a los hombres. Como es de esperar, soy más partidario de la visión de Platón. Mis alumnos lo tachan de obsesión, los pobres no son capaces de imaginar la profundidad de las raíces de sus diálogos en mi alma. La melancolía es para él una locura divina: más que una enfermedad púnica, un don entregado por los dioses. Una dulcísima tristeza que actúa, por un lado, como contrapeso ante la vorágine del tiempo y, por el otro, como pomada que alivia al hombre de no tolerar del todo el mundo. Recordemos que el hombre está en el mundo, pero no es del mundo, y eso es, inevitablemente, una tragedia.
Esa bendita locura es fruto del amor altruista, pone Platón en la boca de Sócrates en el diálogo del Fedro. El amor en el hombre es egoísta, quiere lo amado para sí, sin negociaciones. Por eso, cuando un corazón desea, a través del otro, un amigo o nuestro yo pasado al recordar por poner ejemplos, se empaña de tristeza. Amar sin poseer genera una distancia que no es propiamente humana sino divina, causando la nostalgia. Una dulcísima tristeza que permite al hombre existir en el mundo sin ser mundano: un don divino.
El seis de abril del año pasado era Jueves Santo y al salir de los oficios sentado en una interminable escalinata en Roma, me percaté de esa sensación de gravedad, de tenerlo todo bajo control, de no sentir el aire a mi alrededor. Había recibido un mensaje de uno de mis mejores amigos y mi mejor alumno, aunque a él no le guste reconocerse como tal. Me envió un vídeo de él tocando delante de miles de personas, culpándome de ser parcialmente la causa. El desear eso, pero no para mí, sino para él; el que no hubiera un ápice de mi ser que deseara estar en ese escenario, porque de alguna forma distante ya estaba. Ese chupito de nostalgia frenó la inercia que había empezado a sentir al dar una conferencia en la universidad esa mañana o siendo guía en los museos vaticanos.
Recuerdo las palabras que le dije cuando era un bachiller sobre que no podría nunca eliminar el caos en su vida, que algún día tendría que aprender a surfear sobre él. También, como durante la carrera, me metía con él diciendo que sacara disco de una vez.
Por caprichos del Azar, el día que sacaba ese disco estaba otra vez en esa escalinata en Roma. Con los cascos puestos, escuchándolo a él, y con el sol ocultándose bajo las cúpulas, veía a mis alumnos subir aquellos escalones. Otra vez ese sabor amargo de la nostalgia, esa sensación de gravedad como si toda la vorágine e inercia desaparecieran, al igual que caen los copos brillantes de una bola de cristal cuando se la deja sobre una mesa.
Justo cuando había decidido abandonar las ostentaciones de la universidad con sus políticas y prestigio por ser un humilde profesor de colegio, se me imprime esa escena en la retina como la firma del destino. La privilegiada locura divina como pago al recordar que mi mejor versión siempre es cuando no conjugo con la primera persona del singular. Pues no hay inercia cuando remolco a los otros, y que tarde o temprano me adelantarán, pero esa nostalgia me acompañará.
